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Estimado Casimiro:

 

“Un borracho más”, fue lo primero que pasó por mi cabeza cuando supe de ti. Después de todo, ¿quién en su sano juicio dedicaría el más apasionado de sus besos…a una burra? Lo siento, te juzgue mal, te archivé inmediatamente en el clan de los galanes alcoholizados que en nombre del amor hacen cualquier cosa. Y aunque la zoofilia también pasó por mis reflexiones, la descarté rápidamente. No sé, algo me decía que lo de la burra no estaba en tus planes.

 

Averiguando un poco, me enteré que estabas enamorado…¡hasta las patas, como diría para seguir molestándote! Tu corazón estaba prendido de la chica más linda de la Cañada de Saravia (actual Plaza Brasil), quien según dicen los registros, era custodiada por su madre, una vieja bien pesada y fea. Tiempos difíciles eran los tuyos, Casimiro, en los que venir de buena familia era lo que imperaba para conquistar a tan bella doncella. ¡Si supieras ahora! Con dinero se compra prestigio, alcurnia y las mujeres más hermosas, sin importar el currículum educativo o el rostro que lleves. Seguro que muchos de nuestros afamados y poco agraciados futbolistas podrían acceder fácilmente a tu adorada de la Cañada de Saravia. O a dos o tres. ¡Seguro que a todas a la vez!

 

Investigando por aquí y por allá, me enteré también que eras extremadamente miope e inocente, una fórmula que ya presagiaba el desastre. Sin embargo, a tu favor también debo mencionar que la niña de tus ojos sí correspondió a tus galanteos y accedió a reunirse contigo en una callejuela cercana a su casa. O al menos, eso fue lo que te dijo la celestina, otra vieja fea, que por unos morlacos concertó la cita.

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Supongo que era una noche oscura, apenas iluminada por unos rayos de luna. Me imagino tu respirar agitado, mientras bajabas por la calle del Nogal (actual García Reyes) al encuentro con la joven. Y como se te escapa el corazón por la boca con cada crujido que escuchabas desde el rincón oscuro de tu espera. Una ansiedad que fue creciendo hasta que te anuló los sentidos y te propulsó hacia la dueña de los pasos que venían hacia ti. Jamás sabremos que sintió la burra, pero tú pegaste el grito en el cielo, sellando tu destino. “¡Un fantasma, un fantasma, besé a un fantasma!”, exclamaste horrorizado y los vecinos, curiosos, salieron raudos para liberarte…de las fauces del asno. ¿Es que acaso creías posible besar a un fantasma?¿Por qué no guardaste silencio, Casimiro?

 

Pueblo chico, infierno grande. Sin buscarlo, te convertiste en el viral del siglo XVIII. Las pulperías y tabernas dedicaron jocosas carcajadas a tu hazaña y muchos chalecos se tejieron en tertulias realizadas en tu honor. Pobre Casimiro, ¡si supieras! La vergüenza que te llevó al exilio en Perú, hoy te elevaría hasta la fama. Sé que no puedes dimensionarlo, pero la actual calle Erasmo Escala llevó tu nombre y por mucho tiempo. Por mucho menos que un minuto de atención, tenemos mujeres que revelan los secretos de su aparente belleza, hombres que se vanaglorian de sus estrepitosas caídas y un borrachín reconocido mundialmente por empinar magistralmente el codo y declarar un manjarsh. ¡Ahora incluso nos sacamos fotos con camellos y llamas!

 

Son otros tiempos, Casimiro. Quien sabe si ahora tu episodio con la burra hubiera pasado como uno más, sin pena ni gloria, un chascarro más para sacar a colación en la junta de amigos. Los mismos que te hubieran apodado “El Galán”, dejándote bastante bien parado con las damas que tus ojos sometidos a operación láser contemplarían sin dificultad. Sería otra cosa, otro mundo, si ahora estuvieras aquí. De eso, no cabe duda, Casimiro.

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