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– Ahora nos encontramos en el Salón de Honor. Honorables diputados y senadores, por favor tomen asiento– nos indicó el funcionario encargado de presentar la imponente cámara del Ex Congreso Nacional. Era el día del Patrimonio Nacional y todos los presentes estábamos ávidos de las historias y anécdotas que el espectacular edificio neoclásico pudiera ofrecernos. Como niños pequeños ante la orden de su profesor, obedecimos prestos a la orden y nos remontamos al año 1876, fecha en que se inauguró este monumento histórico diseñado por el arquitecto Claude Brunet. Y mientras el guía hablaba, mi vista se perdió en los hermosos vitrales que decoraban el techo y en el retrato de una chica disfrazada con atuendos orientales que sonreía de forma coqueta. ¡Que imagen más curiosa para un lugar como este!

El tour continuó y fue en unos de los pasillos cuando pasó lo que dio origen a una increíble historia. Sin quererlo, reviví en segundos una pesada sensación que me oprimió el pecho y caló punzante como el hielo, similar a una mala noticia que llega sin aviso. Con la angustia reflejada en la cara, busqué la mirada del guía que nos acompañaba, pero el tumulto hacía difícil la tarea de hablar y pedirle un poco de atención al atareado hombre.

 

Además, ¿qué se supone que le iba a decir? “Disculpe, señor, aquí donde nos encontramos…¿murió alguien de forma trágica?”. No, no, eso no tenía sentido, aunque algo me decía que así era. Después de todo, una infancia transcurrida en una casa donde penan los fantasmas terminan haciéndote un poco más sensible a estos fenómenos.

Apresuré los pasos para reunirme con el grupo que se dirigía al segundo piso por unas monumentales escaleras. Cuando llegamos a la biblioteca fuimos recibidos por esa característica fragancia que encierran los libros que acumulan años y no pude evitar remontarme a la biblioteca de mi colegio que resguardaba ese mismo espíritu en cada uno de sus ejemplares. Ese viaje en el tiempo fue muy especial, pero mi cabeza se negaba a disfrutar la experiencia en su plenitud, todavía obstinada con las emociones vividas en el pasillo.

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El recorrido terminó y salimos al jardín que conecta con la Cámara de Diputados. Para ese entonces, devolverme al pasillo cargado de tristeza se hacía muy difícil y resignada me quedé unos minutos contemplando un gran obelisco blanco protagonizado por ángeles y una virgen María en su centro.

– Este no es el original, ese lo encuentras en el Cementerio General – exclamó una vocecita que me sacó rápidamente de mis pensamientos. La aclaración provenía de una señora bajita y arrugada como la corteza de un viejo alerce que miraba con nostalgia la estatua que teníamos enfrente. Me pareció notar que sus ojitos negros brillaban con lágrimas que no se atrevían a salir.

– Disculpe, señora…– me aventuré a decir para iniciar la conversación.
– Gertrudis, mijita, Gertudris– me corrigió con voz dulce.
– Gertrudis – repetí y tragué saliva para darme valor.–¿Usted sabe si aquí murió alguien? Digamos, de forma trágica. – rematé con esa patudez que te da la juventud.

La pequeña Gertudris sonrió y sus ojitos desaparecieron en un mar de arrugas. Me tomó del brazo y me invitó a caminar por los jardines de palmeras y cedros, proposición que acepté sin dudar. Más que mal, ya éramos amigas.

– En el lugar que ahora recorremos se encontraba la Iglesia jesuita de la Compañía. Era el 8 de diciembre de 1863 cuando aquí se celebró con gran pompa el mes de María. Miles de personas se dieron cita a este magno evento, en su mayoría mujeres y niños de lo más selecto de la aristocracia chilena. Entre ellas, estaba mi trastatarabuela Carmen y su hija Inés. ¡Imagínatelo!¡Justo aquí un templo rebosante de ornamentos, flores, cintas de papel y luces! –exclamó Gertudris con una energía que se fue extinguiendo hasta quedar reducida en un puchero–¡Cuánta arrogancia la de entonces!

–A eso de las 6 de la tarde, la iglesia estaba atestada y quienes habían quedado fuera miraban con envidia a los que gozaban de un asiento en esa trampa mortal de gaza y flores artificiales. ¡Así es, mijita! –confirmó Gertudris al ver mi cara de sorpresa–¡Todo este lugar se convirtió en un infierno! ¡Uno de los adornos prendió con la parafina de las lámparas y el fuego consumió a más de dos mil personas en su interior!

En instantes, me pareció que el apacible verde que nos rodeaba se teñía de rojo y sentí pena, mucha pena, por quienes habían perecido esa tarde, consumidos por el humo, el fuego y la cera de los malditos adornos que caían hirvientes sobre sus cabezas. ¿Y por qué no habían evacuado la iglesia? Según lo que me explicó mi nueva amiga, los aterrorizados fieles agolparon las entradas, bloqueándolas sin remedio. Las mujeres, hundidas por el peso de sus vestidos con crinolina, cayeron al suelo y fueron pisoteadas sin piedad. Nadie podía salir o entrar. Y a eso de las ocho de la noche, el campanario y la torre con el reloj se desplomaron sobre quienes todavía daban la pelea por su vida, dando fin a la tragedia.

–Carmen murió quemada en ese incendio, pero no así su adorada Inés, mi tatarabuela, quien fue rescatada por el lazo que un campesino arrojó al interior del templo y que jaló con la fuerza de su caballo. Los pocos que lograron sujetarse de esa cuerda salvaron con vida.

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Sin darnos cuenta, nuestro recorrido terminó en el mismo monumento de mármol que había dado origen a nuestra conversación y que marcaba el punto exacto donde comenzó la tragedia, el altar del extinto templo. Gertudris y yo nos quedamos en silencio y mis pensamientos me transportaron por última vez al pasillo en el que sentí la presencia de la muerte. ¿Correspondería acaso ese lugar al mismo donde se encontraban las puertas de la desdichada iglesia?¿Sería el mismo espacio donde los fieles clamaron desesperadamente por sus vidas? Un escalofrío por el cuerpo confirmó mi teoría y apreté el brazo de mi compañera en busca de consuelo. ¡Bendito sea el huaso que lanzó esa cuerda y que hizo posible este mágico momento con la pequeña Gertrudis!

@Cabralesa

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